11 julio, 2007

Toby

Cuando éramos unos críos y en lugar de bajar porno –no había- con los ordenadores –no había- o grabar palizas a los compañeritos con el móvil –tampoco había- leíamos tebeos, casi todos los perrillos que en esa literatura aparecían se llamaban Toby. El Toby era un perro estereotipado, una caricatura canina, de la misma forma que siempre han sido caricaturas un tanto artificiosas los gatos o los ratones de los dibujos animados, al menos los de antes de que los japoneses pusieran cara de patata de siembra a cualquier ser que sus dibujos representen, perros, gatos, alcaldes o suegras.
Toby solía ser un perrillo un poco trasto, amigo de travesuras propias de su siempre joven edad perruna, pero entregado y fiel a su amo a nada éste se pusiera serio o las cosas se torcieran para los dos. Toby en el fondo sabía, como saben todos los animales domesticados y domésticos, que para él la vida salvaje ya no es vida y que ahí fuera, en libertad y a la intemperie, sólo le esperarían el hambre y las pulgas, en el mejor de los casos. Así que en el fondo amaba a su amo, porque lo necesitaba, y sus mínimas correrías detrás de algún gato vecino o sus ladridos al cartero, más ruidosos que propiamente fieros, cesaban en cuanto su dueño le levantaba el dedo admonitorio y le decía aquello de Toby, a tu rincón.
Porque lo que más gustaba a los tobies de todos los cuentos y todas las viñetas era tener su rinconcito en un extremo del salón, donde alcanzaran unos rayos de sol por las tardes y donde pudieran echarse bien a gusto y despatarrados en un cómodo cojín que cada mañana mullía la asistenta. Toby únicamente sufría en las historias más crueles, pura advertencia para niños y mayores, aviso para navegantes díscolos, cuando su amo moría o lo abandonaba, obnubilado; y, así, al viento y en la calle, Toby vagaba aterido y recordaba los felices tiempos en que era un perro juguetón, pero obediente y muy bien alimentado.
Estos días, al leer las noticias sobre la vuelta de Bono a la política y su probable candidatura a la Presidencia del Congreso, por designio de su amoroso dueño, me he acordado mucho de Toby. Da gusto verlo saltar y mover el rabito. A Toby, digo.

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