24 diciembre, 2013

Pesimismo de fin de 2013



                Va camino de acabarse un año que no me ha gustado. No digo en lo personal, la vida ha seguido dándome alegrías y buenos momentos, hasta sorpresas bien gratas. En lo personal no tengo queja, bien al contrario, aunque el destino siga enredando con el revólver con el que juega a la ruleta rusa y algún dolor toque muy de cerca a personas que quiero.

                Me refiero al ambiente general, al país. Acabo de ir a un supermercado en el barrio cercano a mi casa. Los supermercados de mi zona se han convertido en metáforas, están medio vacíos en fechas en que solían llenarse, los dependientes de pescaderías y carnicerías miran con gesto hosco y caras largas, los pescados  tienen los ojos velados, no sorprendería que sobre las carnes apetitosas fueran apareciendo moscas fúnebres. Las madres tiran de los niños que, aun ajenos al ambiente, se detienen ante los estantes más coloridos. Parece como si no hubiera amanecido del todo, llueve y el viento bate los árboles. Mi hija echa de menos las luces navideñas en las calles, en los balcones apenas cuelgan guirnaldas o adornos, los papanoeles que hace unos años se pusieron de moda y se colocaban en las terrazas se han ido o hacen cola en el paro, tal vez están mandando sus currículos a algún lugar del Norte.

                No se me van las imágenes de aquella ciudad alemana en la que estuve hace diez días, todas aquellas luces, la apoteosis del consumo navideño, la fiesta callejera, los mercadillos atestados, tanta gente sonriente. Aquí nuestro pesar es resignado, mansedumbre de brazos caídos, abandono de condenados, conformidad pesarosa y gris.

                El Gobierno repite que vamos bien y que ya casi se ve la luz. La luz al final del túnel, se dice, gastada imagen tonta. No es verdad. De una crisis también se puede salir reforzado, como de la enfermedad o de un tiempo de suerte aciaga. Pero no es eso, no es el caso. Toda la esperanza que nos quieren insuflar es perseverancia en la decadencia, ilusión de nuevas alucinaciones, afán por que volvamos a emborracharnos en la mentira, como el que busca la luz de fuegos fatuos para orientarse y no caer de nuevo.

                Hacía falta rectificar tantas cosas, y ninguna se ha cambiado, se necesitaba un poco de justicia para reconfortarnos y la injusticia nos abruma, habíamos de plantarle cara a las verdades y terminamos el año embadurnados de mentiras nuevas y bien poco piadosas. Después de tanto espejismo, tocaba recapacitar y recuperar el seso, pero las fuerzas fallan y no quedan reservas de ilusión ni ganas. Los ricos se han hecho mucho más ricos y los pobres marchan cabizbajos y numerosos. La política se olvida de la polis y se torna apurada gestión de egoísmos e iniquidades. No se hace justicia, las instituciones se vuelven fortines, la ley no oculta ya su trampa, el interés general es despedazado por los perros de presa, las conciencias se tiñen de moho, dejamos de vivir para ir tirando, el futuro no puede nacer de este presente sin sangre en las venas, nos hemos rendido a la apatía y una sociedad apática es una sociedad sin vida.

                Somos afortunados los que aún podemos escapar hacia adentro, sentarnos con un libro y algo de música a resguardo del frío, viajar de vez en cuando, evadirnos en el trabajo por amor al arte, besar a nuestros hijos con la ilusión de que podremos sacarlos de aquí, llevarlos lejos y ofrecerles vida donde la haya. Es la última frontera, la de la resistencia interior, la del desprecio sin atenuantes, la de la pena de tanta pena.

                Tuvimos pequeños ídolos que no eran más que miserables con ínfulas, cedimos nuestro poder a los que nos desapoderaban, pusimos el porvenir en manos de salteadores de caminos, creíamos que nos movían ideologías y eran cantos de sirenas rijosas, vivíamos de prestado hipotecando el alma, cantábamos himnos en nuestros propios funerales. Ahora, desnudos, defraudados, solitarios y oscuros, bajamos la vista ante los espejos, no nos rebelamos por temor a un nuevo engaño, nos aceptamos, al fin, prosaicos y deprimidos, inermes, desesperanzados, vulgares, mansos, innobles. Mientras, las radios, las televisiones, los periódicos hablan de lo que ya no tiene por qué importarnos.

                Ayer fui al cine con mi hija y dos primos suyos. Tonto de mí, partí para allá con mucho tiempo, pues temía que las calles estuviesen llenas de coches o que hubiera larga cola para comprar las entradas. No fue así, me engañaba el recuerdo de navidades pasadas. Hicimos tiempo en una cafetería y éramos los únicos clientes, los tres pequeños y yo. Las entradas para la película ya no se vendían en la ventanilla, sino en el quiosco de las palomitas, palomitas no compraba casi nadie. Al salir, la calle estaba oscura y sin paseantes, pero cuando, ya en el coche, puse la radio, contaban no sé qué cosa sobre la pregunta del referéndum en Cataluña. Manda cojones.

3 comentarios:

Juan Carlos Sapena dijo...

Hombre, professor, llámeme tonto pero yo buscaría la navidad en su hija.
Ahí afuera no hay nada, aunque lo busque el SETI. No hay nada pero quizá lo hubo.
Esta navidad que nos toca es una navidad de adentros. Lo del corte inglés es otra cosa, la cosa de los que no tienen adentros, ni sonrisas que buscar.

Busque una sonrisa. Encontrará una feliz navidad.

Con mis mejores deseos para todos los que aquí nos hacemos los encontradizos.

Perplejo dijo...

"Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad."

Le tomo la palabra a Gramsci y les deseo, a Juan Antonio y a la pequeña comunidad de los sospechosos habituales, temple y alegría para el nuevo año.

Anónimo dijo...

Donen sangre, por favor.

¡Viva España! Donen sangre.

Feliz Año Nuevo, Profesor.

David.