29 enero, 2017

Llamemos igual a los iguales



                Un día de estos vi en un periódico digital un titular que decía que un grupo de jóvenes “radicales antifascistas” había propinado una brutal paliza a una chica, al parecer porque llevaba una bandera de España en la pulsera de su reloj. Me sonó ofensivo, ya que también me tengo por contrario al fascismo y hasta por algo radical en más de cuatro cosas, pero no pego a nadie y me parecen unos perfectos fascistas y unos imbéciles integrales esos autodenominados antifascistas. Curiosamente, cuando esa misma tarde fui a echar otro vistazo, el diario había cambiado el titular y ahora decía que la agresión había sido obra de “un grupo de radicales de izquierda”. Poco arreglamos, pues también conozco a muchos izquierdistas bastante radicales que jamás incurrirían en tales agresiones, propias de zoquetes equiparables a los nazis más lerdos de los tiempos hitlerianos.
                El lenguaje político de los medios está contaminado de prejuicios y a menudo es un tanto sesgado. Hay periodistas que por no querer ofender a nadie, acaban faltándonos a casi todos. Especialmente, se echa de menos algo de ecuanimidad en los términos con los que se describen comportamientos idénticos e ideologías parejas. Si un rebaño de muchachotes con poco seso golpea a una persona porque lleva en el reloj una bandera independentista catalana, por ejemplo, leeremos en las noticias que una pandilla neonazi o fascista ataca a un ciudadano. Si en otro caso los borregos agresivos son unos jovenzuelos que se tienen por muy izquierdistas y el apaleado es uno que va con una bandera constitucional española, es probable que se informe de que un grupo de radicales antifascistas fue el autor del ataque. Si los de un lado son tildados de fascistas y los que, desde la ideología aparentemente opuesta, pero perfectamente equiparable e igual de burra, hacen lo mismo son llamados antifascistas, la información en cuestión es parcial y al periodista de turno o se le ve el plumero o le hace falta estudiar un poco.
                Dos fanáticos que hacen idéntica salvajada merecen iguales calificaciones y deben ser sus acciones descritas con términos valorativamente equivalentes. Si de dos que van pegando a la gente por ahí, uno es un nazi y como tal lo etiquetamos, y el otro es un estalinista, a este hay que llamarlo estalinista, no antinazi. O busquemos una denominación que los abarque por igual y hablamos de totalitarios, descerebrados o simples hampones.
                Un cerdo negro y un cerdo blanco son dos cerdos, y manipulamos si al uno lo llamamos puerco y el otro lo describimos como ejemplar de la raza porcina. Igualmente, todos los fascistas y totalitarios son de la misma especie, por mucho que cambie el color de sus banderas o la letra de sus himnos. Tan vil fascista es el que pega a alguien de izquierda por ser de izquierda como el que agrede a uno de derecha por ser de derecha. Son piltrafas el uno y el otro y lo adecuado sería que los periódicos no intentaran diferenciarlos y hacernos pensar que alguno de ellos es más digno o menos culpable. Y si hemos de ser algo más refinados o correctos, hay palabras que describen perfectamente esas actitudes, ya se proclamen esos tarambanas derechistas o izquierdistas. Por ejemplo, la palabra totalitarismo. Lo pertinente sería informar de que un grupo de totalitarios golpeó a un ciudadano inocente que llevaba una bandera de España o que iba con una estelada.
                ¿Importa algo que sea o se proclame progresista o conservador el lerdo marido que por celos mata a su esposa o el infame que viola a un niño? Frente a la brutalidad de tales conductas, nada interesa la ideología a la que la bestia de turno se acoja. ¿Cuenta para algo que sean o se digan izquierdistas o derechistas los zopencos que abusan de algún ciudadano indefenso en la calle porque vista tal o cual camiseta? No importa nada. Así que denominemos delincuentes a los delincuentes y asnos a los asnos, asesinos a los asesinos y terroristas a los terroristas, y dejémonos de utilizar eufemismos o de juzgar con distinto rasero según nos parezcan más cercanas o menos las ideas de los criminales. Porque si son criminales, no nos pueden resultar comprensibles las consignas ni de estos ni de aquellos, al menos si nosotros nos tenemos por decentes y mínimamente demócratas. El que recurre a la violencia por causas políticas o ideológicas es un cretino, un totalitario y un fascistón, se vista de tradicionalista, se vista de revolucionario o se vista de lagarterana.