09 mayo, 2017

Pequeño test para seleccionar amigos



(Publicado el pasado domingo en El Día de León).
                Siempre me ha parecido que tener muchísimos amigos es medio incompatible con tenerlos buenos, aunque de todo habrá y tal vez soy yo el rarito. De todos modos, cuando digo amigos no me refiero a eso que coleccionamos en Facebook y que las más de las veces es una simple galería de narcisistas a los que apenas conocemos, pero a los que observamos foto a foto, ora en una puesta de sol caribeña, ora con sonrisa turística en la Fontana di Trevi y comentarios orgullosos de la mamá y varios tíos. Esa fauna que ahí acumulamos bajo título de amigos es de lo más gracioso. Mismamente yo tengo uno que alterna las soflamas sobre la injusticia social y las fotos suyas zampándose platos de angulas, pues bien se sabe que no solo de consignas vive el hombre.
                Fuera de las redes sociales y de tanto sucedáneo evanescente, la amistad es asunto delicado. Pocas cosas nos turban más que la traición de un amigo o que nuestras amistades nos abandonen cuando nos pintan bastos o ya no tenemos con qué agasajarlas. Por eso, para prevenir depresiones y atinar en la elección, hace tiempo que me he preparado un pequeño test, que aquí comparto con los sufridos lectores.
                Lo primero que de cada candidato a mi afecto me pregunto es qué haría él si un día un dictador furibundo me persiguiera o llegara a este país un gobierno sanguinario y quisiera a mí matarme. Me imagino judío en la Alemania hitleriana, por ejemplo, y me planteo cuál de mis llamados amigos movería un dedo para defenderme un poco o me abriría la puerta de su casa para que me escondiera al menos una noche. Es tan fácil imaginarse las disculpas, sonaría tan familiar el sonsonete: yo te echaría una mano, pero ya sabes, tengo hijos…; estoy contigo a muerte, pero es que están mis suegros en casa y ya los conoces…; es que mañana madrugo, pero si más adelante vienes un fin de semana, hacemos una barbacoa…; yo que tú me entregaría y verías como se aclaraba todo y ya sabes que si hace falta yo hablo con alguien, pero es que hoy me toca adoración nocturna… Si la mitad o más de nuestros compañeros hace mutis por el foro cuando tenemos un pequeño problema con el jefe o si se olvidan de usted en cuanto deja de ser la alegría de la huerta, como para pedirles heroísmos o que se la jueguen por afecto. Muchas veces me pongo a dar vueltas a qué sentirían los judíos aquellos cuando los sacaban a patadas de sus viviendas ante la mirada curiosa de los vecinos y cuando veían a sus propios amigos meterse a la carrera para quedarse con el piano o ver si habían dejado atrás cualquier cosilla útil.
                La segunda prueba es menos dramática que esas imaginaciones, se trata de un experimento sencillo. A ese candidato a amigo cuéntele algo bueno que a usted le acaba de pasar, como un viaje estupendo que ha hecho, un gran logro profesional o una alegría sentimental. Fíjese bien en qué cara pone y, sobre todo, repare en si intenta o no cambiar de conversación a toda prisa o se vuelve curiosamente impertinente o si lo ataja a usted y le corta la palabra para ponerse él a perorar sobre alguna simpleza. Los buenos amigos se alegran de los éxitos de uno, pero los amigos de pega no los soportan. Así que ojo al dato y atención a esas reacciones. Y si con ese mismo que se pone malo cuando a usted le va de cine quiere usted confirmar los más negros temores, pruebe por el otro lado y dígale, por ejemplo, que lleva varios días con un dolor en el costado y que teme que pueda ser algo malo. Preste atención a si se le iluminan los ojillos y observe si se pone a hablarle de los conocidos comunes que últimamente se han muerto de cáncer o de que el otro día dijeron en la tele que eso podía ser del páncreas. El amigo leal se preocupa por los males del otro y trata de darle ayuda o consuelo sano, pero el amigo malo se refocila en el sufrimiento ajeno y disfruta torturando todo lo que puede.
                 Por último, el día que tenga usted algo importante que celebrar invite a una comilona estupenda al llamado a su amistad y fíjese en qué toma. Sea por la razón que sea, y con una única excepción cuando ese otro está sometido a estricta prescripción médica, si el convocado a festejar con usted no quiere más que una ensaladita y tal vez un filete a la plancha y con poca sal y si, para más inri, riega ese fúnebre menú con agua mineral solamente, olvídese de él y bórrelo de su agenda. Ese o no digiere las celebraciones de los demás o está constitutivamente incapacitado para la alegría, y más para la compartida.

08 mayo, 2017

Alma y nacionalismos. Por Francisco Sosa Wagner



Ha vuelto ahora el debate eterno sobre el alma y pensadores hay que nos proponen despedirnos de ella y considerarla una antigualla como ha ocurrido con el Infierno de nuestra niñez que era el cuarto oscuro donde vivía el coco pero para toda la eternidad y ahora resulta que no existe: “todo ha sido una broma” nos dicen  eclesiásticos de muchas liturgias y latines y se quedan tan tranquilos después de habernos amargado durante siglos.

Creo que hay que andar con mucho cuidado cuando se hacen determinadas afirmaciones. Porque el caso es que el alma ha sido un gran negocio desde tiempos inmemoriales y ahí están las Iglesias como testimonios inapelables. El cuerpo es una cárcel dura pero tenemos la ventaja de que se descompone mientras que el alma es eterna y duradera como el plexiglás y por ello puede vagar por los siglos de los siglos amén. Con apoyo en nuestros primeros padres, Platón y Aristóteles, hasta los sentidos poemas de los místicos y no digamos don Manuel Kant, toda una caravana de lumbreras han enarbolabado el alma como un trofeo victorioso frente a la derrota que siempre supone la muerte. Y sobre ella se han construido iglesias, se han justificado los diezmos y, de paso, las prebendas, las canonjías, las capellanías y los cardenalatos. ¿Podemos jugar de verdad con estas conquistas?

La Historia misma es un cuerpo lleno de las cicatrices de las cifras, que cuentan muertos, vivos, cabezas de ganado ..., cicatrices que siguen abiertas por más que, pasado el tiempo, el archivero les aplique la tirita de un número y las clasifique como un documento a disposición de un doctorando. Cuando la historia gana, sin embargo, es cuando se descubre su alma que es la letra de los poemas medievales, de los cantares de gesta, de los grandes amores adulterinos de los reyes y los papas, es decir, cuando la historia se convierte en historieta. Por ello la anécdota es el alma de ese cuerpo pesado y perecedero representado por los muchos volúmenes de que consta la historia de España de don Ramón Menéndez Pidal. Vuelve la misma pregunta: ¿estamos seguros de querer desalojar el alma del pensamiento, histórico, filosófico y teológico?


Pues ¿y qué sería de nuestros nacionalistas, esos compatriotas incansables que siguen vigilantes, con su progresismo intacto, para que no se apague nunca el soplo de la tradición? Para ellos el Estado es el cuerpo que se descompone en gusanos como se ve en esos cadáveres de los cuadros tenebrosos de Valdés Leal, el Estado es “la cárcel y los hierros”, tal como cantó Santa Teresa, donde está “el alma metida”. Y el alma es justamente la Nación. Esta sí que es inmortal, limpia, adornada por seráficos jardines, por ello el nacionalista sueña, como la santa de Ávila, con la “salida [que] me causa un dolor tan fiero”. La salida del Estado, la despedida de la cárcel y los hierros para vivir, ya libres, en el gozo eterno y en la contemplación venturosa de la Nación.

Creo que no se ha dicho nunca pero nuestros nacionalistas son místicos que se han limitado a modernizar y llevar al mundo secular los dolores y las convulsiones de los poetas del siglo XVI.
                                                          
La felicidad espiritual es ya completa cuando en el interior del alma se encuentran acurrucados los “derechos históricos” que participan del encanto de lo misterioso, de la inasible sustancia de la eternidad al no tener principio ni fin, unos derechos que tienen a las “deudas históricas” como a una de sus hijas bien amadas. Y así Nación, Derecho histórico y Deuda histórica logran componer la Santísima Trinidad del moderno pensamiento en muchos pueblos de España.

Por tanto, un poco de respeto al alma y a su circunstancia imperecedera.